Posteado por: etxebarrieta | septiembre 13, 2018

Corre que te pillo (2018)

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Corre corre que te pillo y ella corre y ríe y yo corro, despacio, para no pillarla. Todo es un juego pactado, porque al final le pillo y le hago cosquillas en el suelo, abrazados, nos reímos y ella trata de liberarse para seguir corriendo y riendo y así entrar en bucle.
La verdad es que añoro mucho jugar con ella, ¿es ley de vida? Sí y qué , lo añoro, tal vez porque te permite volver a ser un niño por un rato y revolcarte en el suelo hacer gestos, tonterías, cosas que habías ido dejando atrás por la responsabilidad y vuelves a jugar sin vergüenza ni preocuparte por el qué dirán.
Me tumbo agotado en el sofá y vuelve a aparecer sonriendo, Aita ¿jugamos a algo?
Reconozco que de vez en cuando, sin abusar, me dejo caer en en brazos de la melancolía, miro su cama vacía, sus cuadros, sus figuras de Disney, de Harry Potter y por un momento estoy tentado de pedirles un hechizo, varita ya tengo, aunque no sé si Dumbledore me daría permiso siendo un muggle, pero por intentarlo que no quede.
Y ¿que clase de hechizo? Pues uno que me permitiera volver al pasado, no de manera permanente pero sí por una tarde, para correr y saltar con ella, para abrir mis brazos y verla venir sonriendo para abrazarme, subirla aupas, besarla, achucharla, estrujarla y disfrutar de ese maravilloso momento.
Vería de nuevo la princesa prometida con ella ,con unas palomitas y una manta en el sofá , porque el amor verdadero no es el de Westley y la princesa, sino el que yo siento por ella, con ese amor repetiríamos por enésima vez a duo “Hola. Me llamo Iñigo Montoya. Tú mataste a mi padre. Prepárate a morir.”
A ultima hora de la tarde remolonearía antes de que el hechizo llegara a su fin y la carroza volviera a convertirse en calabaza, cogeríamos pinturas y rellenaríamos cuadernos con vivos colores, un rato de jugar a peluqueros, sí, mi alopecia creo que comenzó a gestarse en aquellos momentos en los que desde su inocencia, me peinaba una y otra vez, me colocaba pinzas y ganchitos y trataba de hacerme coletas, yo aguantaba paciente y disfrutaba de aquella pequeña tortura, porque era nuestra.
Todo entre risas y cariño, por ultimo el momento cumbre, le contaría un cuento, el del oso pardo, el del pollito, el de Epi y Blas, da igual, los recuerdo de memoria como ella.
Le arroparía y me despediría de ella con un beso de buenas noches, con eso me daría por satisfecho.
Perdona amama, no te enfades conmigo, es cierto que también pediría otro hechizo para pasar una tarde contigo, te echo de menos todos los días, pero hoy el cuento, el hechizo y el recuerdo era para ella, prometo escribirte y solicitar a Harry uno para comernos juntos un chocolate espeso con panes tostados y abrazarte y besarte y achucharte.
Corre tras él Angelina, atrápalo y mátalo a cosquillas, aprovecha al máximo cada instante con el, que como la mía se empeñará en crecer desobedeciéndote (como tiene que ser).
Ya pasó el momento melancólico Mikel, despierta y vive, que el presente te llama, y deja ya de pensar que hace tiempo que hay alguien que le dice…Olatz corre que te pillo.

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Posteado por: etxebarrieta | septiembre 13, 2018

Reflexiones (2018)

 

noria-barraca-de-disec3b1o1La noria iluminada como un arco iris daba vueltas sin parar en el parque Etxebarria, a ras de suelo sonaba el último éxito del verano y la gente caminaba sin rumbo fijo, unos buscaban saciar su hambre con bocatas de txistorra, otros compraban boletos en la tómbola en busca de algún regalo que arrinconar luego en el trastero, los niños se pegaban por montar en el coche de bomberos y golpear la campana sin compasión durante unos minutos.

De alguna manera todos buscaban la felicidad o al menos pequeños instantes de ella, los días de fiesta toda la ciudad ha de estar alegre por orden del alcalde y sobre todo de Marijaia. Lástima que la realidad sea diferente y no haya decreto, ordenanza o ley que regule nuestro estado de ánimo.

Si no que se lo digan a Leyre, sentada en un bordillo entre la tómbola y el bingo, tenía la mirada perdida, apuraba una cerveza y vertía lágrimas de desamor. De toda la gente que pasaba a su lado nadie reparaba en ella, cuando en aquel momento se sentía la persona más desgraciada del mundo. Cada cierto rato separaba su mirada del vaso, creía ver la felicidad plena en aquella pareja que paseaba frente a ella cogidos de la mano, en aquellos niños comiendo un enorme algodón de azúcar, en el que llevaba atada a su muñeca un globo de Mickey o en la pareja que paseaba orgullosa un cochecito con sus gemelos.

Cada vez que tenemos un contratiempo en la vida, que es muy a menudo por cierto, nuestra naturaleza o nuestros genes enseguida nos transmiten la sensación de que somos la diana en la que recaen todos los males del mundo, solo a nosotros se nos mueren seres queridos, nos abandonan, solo nosotros enfermamos, envejecemos y morimos, sí, eso también nos ocurre a todos, y es posible que acabemos en una urna de gusto dudoso adornando una librería en el salón.

 En el bordillo, nuestra protagonista, no tenía ni ánimo ni fuerzas para levantarse , ya lo decía un ilustre bilbaíno,«cuando todo va bien… un día tuerces una esquina y te tuerces tú también».

Un fuerte estruendo le sacó de su letargo, comenzaban los fuegos artificiales, se levantó como un muelle y se puso a caminar entre la gente hacia el Casco Viejo.

«Joder, no, lo que me faltaba, paso de verlos sola, con quién voy a comentar las palmeras, el sonido, la traca… capullo de Iker, si ya duele que te dejen, no me lo hagas en la Aste Nagusia no, es que no tiene compasión el capullo, espérate al domingo y cuando quemen a Marijaia en el Arriaga, me lo sueltas y así damos fuego a todo. Pues no, don especial tiene que amargarme las fiestas, la vida y todo, le odio, le odio. Sí, ayer le quería pero hoy le odio, así son las cosas del amor, de la vida. ¿Que era guapo? Pues sí, no lo voy a negar,¿un chico sano? también, ni se drogaba ni bebía, eso tampoco abunda, que muchos de sus amigos son unos bandarras que no saben lo que quieren, incapaces de madurar. Pero Iker no, estudiaba una ingeniería en Deusto y sacaba buenas notas».

Leyre bajaba las calzadas de Mallona, trataba de alejarse de la fiesta, de los fuegos y de la alegría ajena, una misión imposible esos días.

«Visto así parecía el chico perfecto, pero no,  cuando no tenía partido con el Indautxu, lo tenía del Athletic en San Mamés; cuando no subía al monte con los amigos, tenía comida o cena en el txoko  y sino tenía que estudiar, que estaba en exámenes. Siempre me dejaba para el final, no era ni su segundo plato, era el postre, a veces cuando me llamaba creo que solo era para follar, cargar pilas y continuar con su ajetreada vida. 

»Si en el fondo me utilizaba, ni amor ni leches, joder Leyre qué tonta eres, ni una lágrima más por don perfecto, que tú vales un huevo. Le tenía que haber dejado yo, que no sé porqué pero duele menos y es estúpido, pero cuando me llamen esas arpías que tengo por amigas tendré que darles explicaciones y no me apetece nada, la verdad.

»¿Y si miento? Claro, que les den, le he dejado porque merezco algo mejor, con suerte no se enterarán de la otra versión, salvo que… espero que ese capullo no lo publique en el Facebook. !Dios mío, Facebook ! No solo tengo que sacarle de mi cabeza, de mi vida, la de cientos de fotos juntos en Facebook e Instagram, qué mierda». 

Llegaba a Unamuno, donde una fanfarria interpretaba “Despacito”, terrible combinación musical, una multitud bebía y bailaba a su alrededor, el Kalimotxo y demás brebajes anulan los sentidos, el del buen gusto de los primeros.

 Se sentó en el último tramo de escaleras,  su cabeza le estallaba después de lo sucedido, giraba como la noria del parque,  tanta reflexión era agotador. 

En la plaza, la fiesta era ajena al dolor de Leyre, su corazón y su orgullo herido necesitaban alguna pequeña cura o al menos anestesia de la mejor calidad. Dudaba entre coger el metro para ir a casa o quedarse por el Casco Viejo a  buscar consuelo en algún lago de cerveza. Autoflagelarse en casa escuchando música para corazones rotos, llorar y sacar toda la rabia, que era mucha, o salir al Arenal, a recorrer cada txozna y olvidar al petardo de su ex, sí, en el recorrido del parque a la plaza Unamuno, Iker ya había pasado a ser su ex, bueno el cabrón de su ex, para ser más exacto.

Los pies de Leyre se movían rítmicamente, la fanfarria con visos de cansancio y de un exceso de alcohol se afanaba en animar al personal, destrozando un canto a la vida de Marc Anthony:

 Y para qué llorar, pa’ qué

Si duele una pena, se olvida

Y para qué sufrir, pa’ qué

Si duele una pena, se olvida.

Y sonrió, por ver sus pies queriendo despertar de un letargo, de una pesadilla y tal vez por el olor tan característico que le llegaba por su espalda, se giró y una cuadrilla reía y fumaba unos peldaños más arriba, uno de ellos alargó la mano y le preguntó:

 ¿Quieres?

 

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Alberto descansa en la hamaca, el sol de agosto calienta con fuerza, sopla la brisa y el mar Mediterráneo permanece en calma. El móvil suena, lo mira de reojo, sigue sonando, intenta no mirarlo, se tapa los oídos, pero todo es en balde, sigue sonando. Piensa en enterrarlo bajo la arena, seguirá sonando seguro. Al final sucumbe, lo descuelga.

“Joder Iñaki te dije que no me llamaras ¿Ya está Marijaia en el balcón?

Cuelga, mira el mar y suspira. Una hamaca vacía, un mojito a medias en la arena… la fiesta ya ha comenzado.

Posteado por: etxebarrieta | septiembre 13, 2018

Antoñito (2017) Relato seleccionado para la antología Conjunta-mente

Conjunta-mente

A las ocho en punto de la mañana las puertas de la prisión se abrían lentas y ruidosas. Tras ellas un desaliñado personaje asomaba su pequeño cuerpo. Apenas cincuenta kilos, un pelo engominado con rabia, nariz aguileña y unas más que evidentes bolsas en los párpados. En ese rostro había toda una vida de peripecias, miserias y alegrías . Antonio González Gutiérrez, más conocido como Antoñito, daba pasos cortos, lentos, miraba sin parar tras él. La puerta comenzaba a cerrarse. Los guardias que la custodiaban se reían y  gritaban ¡ Antoñito sé bueno y no vuelvas por aquí, ponte a currar que ya es hora!

Ya en la calle se sentó, con la única compañía de su vieja bolsa de deporte  y miró al cielo. No había muros, ni torres de vigilancia, su vista se perdía en el horizonte, una sensación que le inquietó, se sentía levemente mareado.Ahogado de libertad, se lanzó como un loco contra las puertas que acababan de cerrarse, golpeándolas una y otra vez.

«Abrid la puerta, cabrones, abridla por dios, quiero volver, quiero mi celda, no quiero ser libre, todavía estoy sin reinsertar, ¿lo oís? Sigo siendo un delincuente, una mala persona, un peligro para la sociedad, abrid la jodida puerta de una vez.»

Los guardias reían en su garita sin dar crédito a su actitud.

«¿Pero no me oís ? Maldita sea, no quiero ser libre, ¿no lo entendéis? Quiero mi celda, joder, o abrís la puerta o mato a la primera anciana que se cruce en mi camino o al chofer del autobús, los mataré a todos.»

Sus gritos se perdían en el aire. Nadie creería que un desgraciado como él de repente pudiera convertirse en un asesino. Él no quería matar a nadie, más bien sería incapaz. Lo suyo desde pequeño siempre había sido el robo, pero  de baja estofa.

Cerró los ojos agobiado por la claridad del cielo.

Su madre pasó por primera vez por el cuartelillo de la guardia civil a buscarle cuando contaba tan solo doce años. Se había juntado con Ernesto, un chaval tres años mayor, fuerte, espabilado y bastante peligroso para su edad. A su lado se sentía protegido y  comenzó con sus primeras fechorías, pequeños robos en las tiendas del barrio, radiocasetes y algunos bolsos.

 A partir de ahí todo fue un ir y venir a los correccionales donde seguía aprendiendo a delinquir más que a reinsertase. Junto a críos como él fue formando su pequeña familia; sentía más cariño entre aquellas paredes que con sus padres. Lo suyo nunca fue un hogar, ni en lo físico ni en lo emocional.

Por eso pasaba el día en la calle junto a Ernesto. Era como su sombra, le ejercía de recadista, de vigilante y de chivo expiatorio en muchos casos. Había un pequeño sótano abandonado al que accedían a través de un ventanuco y establecieron en él su cuartel general. Siempre tenían nuevos socios y cómplices, pero con el tiempo el único que permanecía era Antoñito.

Allí decidían sus objetivos y allí guardaban sus botines, un variopinto tesoro de radios, chamarras, ropa de marca, calzado, incluso un jamón que servía a menudo de tentempié; fueron malos y buenos tiempos a la vez.

 Agotado por los golpes y los gritos se sentó con la espalda apoyada en la puerta de la cárcel, como si no quisiera perder el contacto físico con ella.

«Serán cabrones, hacerme esto a mi, soltarme, ponerme en la calle, me dan la libertad ¿que libertad? Me cago en vuestros muertos, si yo lo que quiero es volver, no tengo a donde ir, ni nadie me está esperando. Y dicen estos cabrones que ya he cumplido mi condena…no es posible, seguro, seguro que lo han calculado mal, que esta gente no sabe ni contar. Que he redimido pena por buena conducta, qué sabrán ellos, pero si nadie ha robado más del economato que yo, que me he pasado el día llenándome los bolsillos de tabaco, conservas y todo lo que pillaba; si nadie ha fabricado más punzones con los cepillos de dientes que yo, incluso arrancaba las hojas de los libros de la biblioteca para usarlas de papel higiénico ¿Eso es buena conducta? ¿Cómo pueden hacerme esto a mí ? Esa gentuza no tiene alma, ni corazón, ni sentimientos, no piensan en la gente, ni en la sociedad, sólo piensan en ellos. Tanto asistente, tanto psicólogo ¿para qué? ¿Para llenar las calles de gente mala ,desalmada, peligrosa como yo? Algo no funciona en este país, ya lo decía mi madre: no te fíes de todos esos señoritos de corbata, que no te harán nada bueno.»

Antoñito maldecía su suerte; llevaba quince minutos tras los muros de la cárcel y ya añoraba todo, su celda pequeña y decorada con fotos de Bruce Lee, de Camarón y de Rocky Balboa. Extrañaba los paseos por el patio, sus partidas de parchís , las películas del oeste los domingos por la tarde. Todo le producía un gran vacío en su interior.

 Quizá pudiera vivir sin todo eso, pero lo que realmente echaba de menos y lo que le había partido el corazón, era la falta de Manuel, su compañero del alma, de celda y de cama. Nadie en su vida le había querido como él, al fin a su lado encontró a alguien que le quiso como era, que no pretendía cambiarle, al que le hacían gracia sus chistes.

Ocurrió una  tarde mientras estaban limpiando la celda que compartían, sus manos se rozaron sin querer; al girarse sorprendidos sus ojos se encontraron por primera vez, en silencio sin saber qué decirse, tardaron varios días en volver a hablar, les daba vergüenza, necesitaban tiempo para admitir que en aquel roce había surgido algo más que una amistad.

Al fin los días ya no eran tan largos, la celda se asemejaba a un hogar, ése que nunca tuvo; aquellos diez metros cuadrados se convirtieron en un oasis, allí al fin descubrió el amor que siempre se le había negado. Con Manuel todo parecía sencillo, no era hombre de muchas palabras y a pesar de que sus rasgos eran fuertes y marcados, en el fondo era un tierno, algo que ocultaba a todo el mundo. En la cárcel las apariencias lo son todo. En cambio con Antoñito se creó un vínculo en el que sólo con mirarse ya se entendían. Entre los gruesos muros de piedra, una vida que nunca fue amable ni fácil con ellos, les brindaba una nueva oportunidad.

Al principio mantuvieron en secreto su relación, la naturaleza hostil de la cárcel no era la más adecuada para mostrar sus sentimientos, sólo en la celda se atrevían a comportarse como una pareja. Se cuidaban mutuamente; aunque parcos en palabras los mimos y las caricias fueron haciéndose cada día mas habituales y acabaron por disfrutar de su nuevo estado liberados al fin de todos los prejuicios, propios y ajenos.

La cárcel es grande pero pequeña y los chascarrillos no tardaron en llegar; siempre juntos, siempre inseparables, aquello era más que evidente. Aún así consiguieron el respeto de los presos y de los funcionarios; tal vez la corpulencia de Manuel ayudó a esa tranquilidad. Entre paseos por el patio y el trabajo en los talleres, los cuatro años siguientes fueron un inesperado regalo que nunca hubiera soñado. 

Pero a Manuel aun le quedaban diez años de condena. Con su recuerdo, con su ausencia, Antoñito volvió a golpear la puerta. «Dejadme entrar cabrones o mataré a la primera anciana que se me cruce en el camino.»

Posteado por: etxebarrieta | septiembre 13, 2018

La dedicatoria (2016)

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No todos los días son buenos, pocos son inolvidables. Un banco, un libro, una historia hicieron de aquél  uno para recordar. Como siempre, salí a las dos de la oficina y me dirigí hacia el parque; era principio de otoño y las hojas ocres comenzaban a tapizar el suelo, pero la temperatura era cálida e invitaba a disfrutar. Me senté en el mismo banco de siempre; cuando alguna vez  llegaba y estaba  ocupado me incomodaba, me molestaba como si fuera de mi propiedad. Sé que no es bueno ser tan obsesivo, pero ese banco… me pertenecía. 

  Tomé asiento o posesión, no lo sé, abrí mi maletín de cuero negro, extraje mi bocadillo de atún, mi servilleta y una botella de agua. Mientras seguía el deambular de los paseantes, algo fuera de lugar llamó mi atención. En la esquina más lejana del banco, casi mimetizado con él por el ocre de su portada, había un libro. Yo seguía comiendo, pero no dejaba de mirarlo de reojo; pensé que en cualquier momento aparecería alguien a recogerlo, así que opté por no tocarlo. Miraba a mi alrededor pensando que cada persona que pasaba podía ser su propietario. Descarté rápidamente a la madre que arrastraba a un niño lloriqueando por no querer ir al colegio; hice lo mismo con los corredores que pasaban veloces aislados por sus auriculares, con los barrenderos de aspecto triste y desganado que movían las hojas de un sitio a otro,  con los ancianos  apoyados en sus bastones que parecían no esperar ya  nada y, por ultimo, con los niños que corrían, chillaban y parecían esperarlo todo.

Terminé mi almuerzo sin caer en la tentación de recoger el libro. Comencé a imaginar cómo sería su propietario, para ello antes tenía que saber de qué trataba. Miré hacia mi derecha, a mi izquierda, de frente, a mi espalda… nadie parecía fijarse en mí. Cuando creí estar libre de miradas indiscretas, comencé a deslizarme poco a poco hasta llegar junto al libro. No sé por qué, pero una extraña sensación de delincuente comenzaba a apoderarse de mí. Saqué del maletín el periódico y tapé el libro con él mientras seguía oteando el horizonte por si alguien se percataba de la maniobra. Desplegué la primera página del diario y simulé leer. Puse el libro sobre mis rodillas; me sentía inquieto, como uno de esos espías de película a la espera de su contacto para entregarle un microfilm. Por fin, pude ver bajo el periódico la imagen de la portada del libro: un galeón. Se trataba de Cien años de soledad,  uno de mis libros favoritos. Al abrirlo, me sorprendí: primera edición, mil novecientos sesenta y siete. Asustado, lo cerré, ¿primera edición? Mi rostro palideció. Lo abrí de nuevo, había una dedicatoria: <<Con todo mi amor, para Eloísa. Espero que disfrutes de esta maravillosa obra. Ojalá que juntos no tengamos nunca un día de soledad. Te quiere… tu Antonio>>.

En ese instante mi vena romántica — bastante olvidada— asomó en mi corazón oxidado. ¿De dónde serían? ¿Estarían casados? ¿Tendrían hijos? ¿Quién de ellos habría olvidado el libro?

Ya eran las dos y veinte, faltaban diez minutos para regresar a la oficina. Pero ¿qué haría? ¿Me lo llevaba y dejaba una nota? ¿Lo abandonaba allí? Aquella duda me estaba atrapando. También la opción de quedármelo me resultaba tentadora, el libro era un tesoro.

Entonces vi una mujer que se acercaba titubeante hacia mí. Parecía preocupada.

—Disculpe, ¿no habrá visto un libro en este banco?

—¿Un libro dice? No… lo siento.

No sé de dónde salió aquella mentira, fue instintiva y fea, muy fea. No tenía razones para engañar, pero lo hice.

Ella se sentó a mi lado; era una mujer de unos setenta años, sus rasgos denotaban una indudable belleza pasada, su manera de hablar era sensible, dulce, de ésas que te atrapan sin querer.

—¿Lo ha perdido hoy, qué libro es?

—Esta mañana, sí, he estado aquí mismo sentada releyéndolo, es uno de los pocos recuerdos que me queda de mi marido, ¿sabe? Es una primera edición de Cien años de soledad, le costó mucho tiempo y dinero encontrarlo. Era un libro muy especial para nosotros, y tiene su historia, ¿sabe?

—Bueno… me imagino.

Antes de que pudiera decir nada más se sentó junto a mí y comenzó con su relato.

<<Antonio era el hombre más maravilloso que ha visto este mundo. A primera vista tenía un aspecto rudo, la piel morena muy curtida por el sol, un pelo negro y recio; sus manos, sus manos eran enormes, pero tras esa fachada se escondía un hombre atento, cariñoso, que siempre se desvivió por complacerme. Nos conocimos cuando le contrataron para trabajar en nuestra finca, pronto me fijé en él, lo observaba de lejos cuando los jornaleros se juntaban a almorzar bajo los olivos. Cada vez que les daba el sobre con la paga no podía dejar de mirar sus ojos de un verde intenso, primero cruzábamos miradas y más tarde comenzamos a hablar. Apenas sabía leer, pero era un hombre listo de los que aprenden rápido. Al cabo de unos meses comenzamos a vernos en secreto, quedábamos en un pequeño cerro al final de la finca, allí de manera traviesa me robó el primer beso. No sé cómo, pero mis  padres se enteraron y le despidieron pese a ser un hombre trabajador y muy responsable. Tenían otras expectativas diferentes respecto a mi futuro marido.

Eloísa miró su reloj, se levantó apresurada.

—Lo siento, es tarde y tengo que irme.

—¿Ahora? Pero… ¿Y su historia?

—¿No le he aburrido?

—Qué va mujer, me ha encantado escucharla, me gustaría conocer el resto, si a usted le parece.

—No le prometo nada, pero tal vez mañana regrese por aquí. A ver si aparece el libro, no quiero perder la esperanza de recuperarlo.

Y  se alejó dejándome con una sensación agridulce; por un lado me sentía  mala persona y por otro, enternecido por su historia. Al día siguiente acudí de nuevo al parque con la esperanza de volver a verla y enmendar mi error; mi mala conciencia apenas me había dejado dormir. Antes de que llegara, escondí el libro bajo el banco y lo tapé con la hojarasca. Enseguida la vi llegar.

—Buenas tardes, cómo me alegra verla, ¿ha habido suerte con el libro?

—Aún no, pero no pierdo la esperanza, ya sabe que los milagros existen.

—Siéntese aquí a mi lado, ayer me contaba usted que sus padres despidieron a Antonio, ¿qué pasó luego?

Ella me sonrió, parecía sentirse halagada.

—Él no se rindió, al cabo de un año más o menos se presentó en casa sin avisar, tomó un libro de la mesa y se puso a leerlo delante de mis padres:

<<Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo.>>

<<Yo le miraba atónita, me moría por abrazarlo, allí les demostró que había aprendido a leer y que estaba dispuesto a trabajar duro para continuar nuestra relación.

Mis padres, un poco abrumados, le dieron de nuevo trabajo en la finca, con aquella demostración se había ganado su respeto. Cómo no enamorarme de aquel hombre, cómo no luchar por él como lo hizo por mí. Y lo conseguimos, nos casamos una tarde lluviosa de primavera.Trabajaba  todos los días desde el amanecer; a pesar de eso los fines de semana se levantaba temprano, cogía la moto y se acercaba al pueblo, compraba pan recién horneado y algún dulce. Sí, siempre he sido un poco golosa; preparaba el desayuno y me despertaba con un beso. Ya no quedan hombres así, se lo aseguro.

Yo la escuchaba atento, embelesado por el cariño y la dulzura con la que contaba su relación con Antonio;  a la vez, un sentimiento de culpa me atenazaba el estómago. La mujer parecía revivir al recordar a su marido.

<< Le gustaba verme leer por las tardes al finalizar las tareas. Recuerdo cuando me pidió que le recomendara un libro. Él nunca fue un hombre de letras precisamente, pero era curioso, yo le fui dejando libros sencillos con los que comenzó su interés por ellos; en ocasiones, si no entendía algo, me lo preguntaba, en otras, también consultaba alguna palabra en el diccionario. Fíjese, en una ocasión se animó, con más voluntad que acierto, a escribirme un poema. Bajo su tez curtida se adivinaba un leve sonrojo propio de un hombre endurecido por el trabajo, pero tierno de corazón. Ese día hicimos el amor como adolescentes.

Ahora era yo quien se sonrojaba, sus palabras me transmitían cariño, dulzura, pero sobre todo envidia… mucha envidia. Aquella mujer no se merecía un comportamiento tan ruin y mezquino como el que yo estaba mostrando. Mientras pensaba, no dejaba de oír su relato.

<< Los hijos fueron lo único que nos faltó para completar la relación, pero se conoce que Dios ya debió vernos felices y no nos concedió ese último deseo. Fueron años muy duros de trabajo en la finca, sin embargo Antonio consiguió que fuera la mujer más feliz del mundo.Recuerdo aquellos ratos que pasábamos después de terminar las tareas; me sentaba en mi mecedora bajo el porche con un libro y un paisaje interminable de olivos, Antonio se sentaba a mi lado, encendía  un cigarrillo y se quedaba allí en silencio, miraba al horizonte y de reojo me miraba a mí. Yo sonreía  y hasta me sonrojaba en ocasiones a pesar de los años que llevábamos juntos.

<<Recuerdo como si fuera hoy el día que celebramos nuestro décimo aniversario. Antonio esperó a la hora de la cena y me trajo su regalo envuelto en un basto papel de estraza, me lo dio junto con un beso; se le veía la ilusión en los ojos. Tener en mis manos aquel ejemplar de cien años de soledad me hizo inmensamente feliz; tardó  meses en conseguirlo a mis espaldas, fue varias veces a la ciudad hasta que lo consiguió. Aquellos años fueron los mejores de mi vida, pero… todo tiene siempre un final. Mi vida se terminó el día que Antonio tuvo un accidente con el tractor, volcó y se quedó allí atrapado. Una nube oscura cubrió para siempre la finca y a mí, con él  se fue la alegría. Me costó muchas lágrimas, pero terminé vendiendo la casa y las tierras; en mi ingenuidad pensé que podría olvidarlo y mitigar el dolor, vine aquí esperando aliviar la soledad entre la gente, pero a día de hoy… Sigo sintiéndome sola, no sé si me entiende.

—No lo sabe usted bien —le contesté.

Cada palabra de Eloísa se me estaba clavando como un cuchillo, sentía sus punzadas atravesándome. ¿Pero qué clase de persona era yo? 

Haciendo gala de una vena artística que desconocía, me levanté.

—Si le parece, podemos volver a mirar, quizá se le haya pasado algo por alto.

Se incorporó y, al remover un poco las hojas, vio asomar una esquina del libro. Solté aire aliviado, vi sus ojos vidriosos y, emocionada, me abrazó.

—¿Ve como los milagros sí existen? 

Apretó fuertemente el libro contra su corazón, miraba hacia el cielo, no sé si dando las gracias o buscando a Antonio. Lo guardó en el bolso y se despidió amablemente.

—Que tenga suerte, Eloísa.

Se giró extrañada:<<¿Eloísa? ¿Cómo sabe mi nombre?

Posteado por: etxebarrieta | septiembre 13, 2018

Nido Vacio (2015)

Foto Mikel

Con medio ojo abierto Julio miró el reloj de la cocina, las ocho en punto; Sara se sentaba en la silla con su Cola Cao y él se dispuso a desayunar.

—Papá ¿puedo preguntarte algo?

—Claro cielo, pero que sea fácil que aun no me he puesto el café.

Metió la galleta en su Cola Cao y amparada en su ternura e ingenuidad le preguntó.

— ¿Qué es un nido vacío?

Aliviado, Julio contestó.

—Pues si que es fácil, sí, un nido vacío es cuando las crías de los pajaritos se hacen mayores y abandonan los nidos que han hecho en los árboles sus papás.

Sacó la galleta y le dio un mordisco.

—Pero papá ¿mamá tiene un nido vacío?

Julio frunció el ceño.

— ¿Mamá un nido vacío?

—No te entiendo hija, voy a ponerme ese café que empieza a hacerme falta.

Sara cogió otra galleta del paquete.

—Es que ayer por la tarde mamá estuvo llorando y la tía Ascen le dijo que tenía un nido vacío.

Con el café humeante Julio sonrió, nido vacío…claro.

— ¿Que mamá lloró ayer?

—Si, les vi. Desde el jardín

Ven cariño, siéntate aquí conmigo.

—Tú sabes que tu hermana ha terminado ya el cole ¿no?

—Lo sé papá, pero yo también termino en unos días y llegaran las vacaciones.

—Eso es, pero es que ella ya no tiene que regresar al cole, después del verano comienza a estudiar en la universidad

— ¿La universidad?

—Si cielo, ahí es donde estudian los chicos y las chicas cuando se hacen mayores

Sara cogió su tazón con las dos manos y sorbo a sorbo acabó su cola Cao. Con su dulce bigote de chocolate preguntó

—Pero papá, Julia seguirá viviendo aquí, con nosotros, en su casita, en su cuarto, ¿no?

Julio estaba a punto de prepararse otro café, no le gustaba nada el cariz que estaba tomando aquella conversación. Miró de reojo al reloj, las ocho y cuarto…aun.

—Esta siempre será su casa, como la tuya, pero ahora tiene que marcharse a otra ciudad que está muy lejos, y allí tendrá otra casita.

—Pero vendrá a la noche a ver la tele con nosotros ¿no papá?

—No cielo, a las noches no vendrá, pero en verano pasará un tiempo aquí con nosotros y podréis estar juntas como ahora, ver la tele en el sofá con las palomitas o ir de paseo al parque con las bicis.

— ¿Y en invierno no estará?

El rostro de Julio comenzaba a desencajarse y su paciencia mermaba a cada pregunta.

—No Sara, en invierno no estará aquí con nosotros, estará en su otra casita estudiando.

Por primera vez su tono de voz se torno más enérgico

—A mi eso de la universidad no me gusta, es un rollo, yo no pienso ir.

Julio esbozó una media sonrisa de complicidad, viva la ingenuidad, pensó. Miró de reojo el reloj de la cocina, ocho y media y hasta las nueve Sara no entra en el cole, la mañana se le estaba haciendo muy larga y acababa de comenzar.

— ¿Has terminado el desayuno?

—Si papá

—Pues hala, vete a vestir

Julio comenzaba a respirar aliviado, parecía que el afán interrogatorio de aquel ser aparentemente inocente había llegado a su fin. Sigiloso como un guerrero Ninja salió de la cocina, intento vano, a medio pasillo se frenó en seco

—Papá

Julio alzó la vista buscando respuestas en el techo del pasillo.

—Dime hija

— ¿Las mamá pájaro lloran cuando se marchan los pajaritos del nido?

—Los pajaritos no lloran, al menos no como nosotros.

— ¿Y no se ponen tristes como mamá?

—No lo sé Sara, es posible que de alguna manera si se pongan tristes. Venga, a vestir que sino luego tendremos que correr.

Sara se quitó su pijamita de Epi y Blas. La calma parecía llegar de nuevo al hogar.

— ¡Papá!

Desde su habitación Julio tomó aire, el interrogatorio de ese pequeñito ser que le miraba tierna e ingenuamente estaba a punto de resquebrajar su resistencia.

— ¿Los pajaritos van a la universidad?

—En el campo no hay colegios ni universidades, la vida de los animales, las aves es diferente a la nuestra, ya lo iras entendiendo poco a poco, no te preocupes. ¿Has cogido tu mochila? ¿El bocadillo? ¿El abrigo? ¿Los deberes? ¿El zumo?

—Si papá, pero…te falta algo.

Julio miró rápidamente a su alrededor como un escáner. Los ojitos de Sara miraban cómplices la figura de su padre desconcertado.

—Las trenzas papá.

— ¡Mier…! Es verdad, ven vamos al baño.

Entre las múltiples virtudes de Julio no estaba el refinado arte de las trenzas, pero con un poco de buena voluntad, al final casi lo parecían.

Mientras entrelazaba sus cabellos, pensaba en Marisa, su mujer: ¿le interrogarían sus pacientes con la misma insistencia? Había momentos en los que le envidiaba y preferiría estar operando fémures y caderas dislocadas, antes que someterse al interrogatorio en teoría inocente, de su solo aparente angelito.

Ya en el coche, sentada en su sillita, con su peto vaquero y sus trenzas rubias, parecía inofensiva. Julio puso el disco favorito de Sara, que esta pedía una y otra vez, sin descanso. Esa maniobra de distracción nunca le fallaba, o casi nunca.

— ¡Papá!

Julio alzó la mirada al retrovisor, su angelito comenzaba a no serlo tanto. El reloj marcaba las nueve menos cuarto, aún quedaban quince minutos para que la pequeña Sara continuara con sus preguntas coherentes, ingenuas, pero demoledoras.

—Dime, pequeño diablo, (esto no lo dijo pero lo pensó)

— ¿Tu también vas a llorar cuando Julia se vaya a la universidad?

Joder, pensó el sufrido progenitor. Pregunta trampa.

—No lo sé, cariño, no lo sé, pero será un día muy triste, la echaré mucho de menos, igual que cuando tú también te marches, pero es lo que pasa cuando os hacéis mayores, os marcháis para tener vuestra propia casa, vuestra propia vida.

Sara al fin quedó en silencio.

A las nueve menos cinco Julio aparcó su coche frente al colegio.

—Vamos, que ya hemos llegado.

Le soltó de la sillita y con su mochila del monstruo de las galletas salió del coche. Cruzaron el paso de cebra cogidos de la mano. Julio se agachó junto a la verja de entrada, le dio un beso.

—Bueno princesa que pases un buen día en el cole, estudia mucho y pórtate bien.

Sara le miró a los ojos y le devolvió el beso.

—Gracias papá.

A los pocos pasos se giró y volvió hacia el.

— ¿Sabes una cosa papá? Yo no voy a crecer como Lucía, así no tendré que ir a la universidad, podré quedarme siempre contigo y con mamá y mi cuarto nunca estará vacío.

Volvió a girarse y enérgica se encaminó hacia clase.

Julio buscó refugio tras un árbol huyendo de miradas indiscretas y con lagrimones en sus ojos vio alejarse a su princesa.

¡La madre que la…!

Posteado por: etxebarrieta | septiembre 13, 2018

A siete mil kilómetros(2014)

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En la habitación trescientos catorce del hospital Saint Mary de Nueva Delhi, Sara, inquieta, no dejaba de mirar el teléfono. El ginecólogo, una enfermera y un celador comenzaban los preparativos para bajarle al quirófano. Estaba a punto de dar a luz y su marido aún no había llegado. Nada, ni una llamada, ni un mensaje, ninguna noticia sobre su paradero. Ya faltaba poco, su pequeñita estaba ansiosa por salir y descubrir mundo.

George le había prometido mil y una veces que no se preocupara de nada, que cuando llegase el momento él estaría sin separarse de ella para ayudarla y apoyarla en una experiencia tan emocionante e irrepetible. Claro que también dijo lo mismo sobre las clases de preparación al parto y solo apareció en una de ellas. El compromiso nunca había sido uno de sus fuertes y, amparándose en asuntos laborales, incumplía muchas de las promesas que le realizaba.

Sara había intentado convencerle sin éxito para regresar a España cuando estuviera en los últimos meses de embarazo. Quería dar a luz acompañada por su madre y, por supuesto, por él. Tenía que comprenderlo. Habían pasado cinco largos años sin ver a su familia, cinco años posponiendo uno tras otro ese mes de vacaciones junto a sus padres que le llevaba prometiendo un verano sí y otro también. Alguna videoconferencia que habían tenido no era suficiente; ella anhelaba poder abrazarlos, soplar las velas en su cumpleaños, comer aquella tarta en la que mamá ponía más cariño que conocimientos, y disfrutar junto al fuego de una sobremesa de charla y de risas. Ahora estaba arrepentida de haberse dejado embaucar una vez más por la palabrería de George: que no podía abandonar su trabajo dos o tres meses, que él no quería perderse el nacimiento de su primer hijo, que quien tenía que estar a su lado era él y no su madre… Entonces le prometió que en ningún momento se sentiría sola, ¡Dios, qué ingenua se sentía!

La enfermera le colocó una vía mientras controlaba sus constantes a través de un monitor; el ginecólogo comprobaba por última vez la dilatación y las contracciones, cada vez más frecuentes y dolorosas. La soledad y la frustración aumentaban a cada instante. Las circunstancias no eran tal y como las había imaginado. Tanto tiempo esperando para ser madre y estaba a pocos minutos de conseguirlo, pero… ¿sola?

Más de siete mil kilómetros separaban Nueva Delhi de España, una distancia que ahora le parecía realmente inmensa; en cambio, cuando se lo comunicó a sus padres hacía cinco años, les intentó hacer creer que no lo era tanto. Entre contracción y contracción, Sara no podía evitar emocionarse recordando la despedida en el aeropuerto. Sus padres habían aceptado con resignación que su hija siguiera a George en su nueva etapa profesional a un destino tan lejano y algo desconocido. No podían imaginar que su pequeña, su princesa, tuviera que trasladarse a una ciudad de casi catorce millones de habitantes y con una cultura tan diferente; un lugar donde no habría médicos, hospitales, donde no conocería a nadie y tal vez se sintiera sola y, sobre todo… un país tan lejano.  Pero ella lo veía como un reto, no solo le seducía acompañar a su marido, sino descubrir un país por el que siempre había sentido un especial interés.

Si hubieran sido setecientos kilómetros y no siete mil, hubieran lamentado igual su decisión; es algo inherente al papel de padre preocuparse por los hijos siempre y en cualquier situación. Ella estaba a punto de comenzar a experimentarlo, ya que llevaba nueve meses pendiente de un desconocido ser que crecía en su interior. Era curioso que sin haber nacido ya se preocupaba por él: ¿Cómo sería su carácter? ¿Se parecería a ella, a él? ¿Su profesión? ¿Le gustaría viajar por el mundo? En apenas unos minutos se iba a transformar de hija a madre; quizá ya había llegado la hora de entender mejor los miedos y las preocupaciones que le había mostrado la suya.

Sara, pendiente de la puerta, esperaba ver aparecer a George; el tiempo se agotaba y no quería estar allí sola y rodeada de extraños. Nunca lo hubiera pensado de él, jamás hubiera creído que justo cuando más lo necesitaba, cuando se encontraba más desvalida, iba a fallarle. Sola, sin su madre; ojalá no le hubiera hecho caso a George, ahora estaría en España sin miedo y con la mano de su madre cerca. ¿Y él? ¡Lejos! Igual que ahora. Nunca volvería a creer en sus promesas: «Te prometo que no vas a estar sola, que no vas a echar a nadie de menos…».

A pesar de que la enfermera había intentado sin éxito confiscarle su móvil, no dejaba de marcar el número de su marido. Lo hizo más de treinta veces; unas, el teléfono estaba apagado o fuera de cobertura y otras, no daba ni señal. Y eso era lo que ella anhelaba desesperadamente: una señal.

Sin nadie a quien poder coger la mano, el vacío y la soledad se apoderaban de ella. Cuánto echaba de menos a sus padres y sobre todo a su madre, lo que daría por escuchar alguna de sus reprimendas. La última fue cuando decidió venirse a Nueva Delhi.

—Pero hija, a ti qué se te ha perdido en la India, si eso está muy lejos y me han dicho que no hay más que pobres, enfermedades y que las vacas van por la calle. Sara, cariño, que aquello no es para ti.

— ¿Por qué te fías siempre de lo que te dicen, mamá?  No es como tú lo pintas. Mira, hagamos una cosa, vamos a la cocina y nos preparamos un té mientras charlamos.

— ¿Té? ¿Desde cuándo tomas té? Siempre tomando café, y ahora… me vienes con eso del té.

—Sí, mamá, pero en la India es lo que más se bebe, así poco a poco me voy acostumbrando.

— ¿Seguro que George no puede renunciar a ese destino, hija? No sé, tal vez Londres, Berlín, algún lugar más cercano, más civilizado, un país que nos pille más cerca para poder ir a verte.

—Mamá, la India es un país civilizado, un cruce de culturas, de religiones, es la cuna de Gandhi, de Tagore, es el origen del yoga.

—No sé, no sé, allí van descalzos, llevan túnicas, turbantes y ellas se adornan con un lunar.

—No tienes ni idea, mamá. Su economía es de las más emergentes del mundo, todas las grandes empresas se están instalando allí. Además, George y yo viviremos en una de las mejores urbanizaciones de Nueva Delhi, habrá piscina, jardín. La empresa corre con todos los gastos, estaremos bien, confía en mí.

—No sé, hija, no lo veo.

Sara cogió la mano de su madre y la acarició suavemente tratando de calmar todas sus inquietudes y preocupaciones.

— ¿Sabes, hija? Que me dan igual los turbantes, las vacas y el yoga… que no digo más que tonterías,  es que… no quiero que te vayas, ya lo sé, soy egoísta pero es que te echaré muchísimo de menos. Echaré de menos salir de compras contigo, ir al cine, venir a tu casa o tú a la mía y tomarnos un cafecito, o un té, como quieras; en fin, disfrutar juntas. Me preocupa no ver nacer a mis nietos.

—No me hagas esto, mamá; no quiero llorar, tienes a papá, él te hará compañía.

— ¿Papá? Si él está peor que yo, desde que nos dijiste que te marchabas está más mustio y apagado de lo habitual. No quiere reconocerlo ni oír hablar del tema, ya sabes cómo es, prefiere esconder la cabeza al estilo avestruz.

El movimiento de la puerta sobresaltó a Sara; esperaba encontrar a George, pero fue la silueta de la enfermera la que apareció ante sus ojos.

—Ya es hora, el bebé está a punto de salir, le vamos a bajar al quirófano.

— ¿Al quirófano? Pero si aún no ha llegado mi marido.

—Y qué quiere, ¿que llegue antes su hija que él? No se preocupe, le avisaremos en cuanto aparezca.

—Maldito George, ¿dónde se habrá metido?

El dolor de las contracciones aumentaba al igual que su enfado; estaba triste, sola y furiosa, una temible combinación.

La enfermera preparó la cama y el monitor para bajarla al paritorio. Sara miró por última vez a través del ventanal, lucía el sol y la claridad se colaba por toda la sala; en cambio, a ella todo le parecía oscuro, el negro era el color que tenía su soledad. El que tendría que ser uno de los días más felices de su vida se había convertido en el más triste y solitario. ¿Cómo iba a dar a luz, a enfrentarse con el dolor sin nadie a su lado que le cogiera la mano, que le ayudara en aquel momento duro pero feliz? ¿Con quién iba a compartir ese mágico e inolvidable segundo de oír llorar por primera vez a su bebé, de cogerlo en brazos y contar uno a uno sus diminutos dedos?

— ¡Allá vamos! —ordenó la enfermera mientras maniobraba con la cama rumbo al ascensor que llevaba a los quirófanos.

Sara claudicó y su rostro se pobló de lágrimas enrabietadas. Su hija venía al mundo y no había nadie con quien compartirlo. La enfermera, a pesar de la apariencia de sargento, trataba de calmarla y de aliviar de alguna manera su dolor, era consciente de la fragilidad de Sara, de la sensación de desamparo en la que estaba sumida.

El pasillo hacia el ascensor era largo, muy largo; en el techo, los apliques de luz pasaban uno tras otro sobre su cabeza. Oía las voces de médicos, enfermeras y visitas que había por el pasillo, ruidos de carros que acrecentaban su inquietud…

Ya en la entrada del ascensor, creyó oír la voz de su marido. ¡Sara, Sara! Se incorporó levemente de la cama y vio a George corriendo por el pasillo con un estilo ciertamente poco atlético.

— ¿Pero cómo has podido hacerme esto? Te he llamado mil veces, te he mandado mensajes y no me contestabas. Pero cómo se te ocurre, esto no te lo perdonaré nunca, ¿has oído?: Nunca.

—Déjame que te lo explique, cariño.

—Ni cariño ni nada, tu hija a punto de nacer y yo estaba sola, ¿lo entiendes? Sola y te necesitaba.

—Lo sé, lo sé, déjame que coja aire. Solo quería darte una sorpresa.

— ¿Te crees que yo estoy ahora para sorpresas?

—Disculpen, ¿podemos continuar? —masculló la enfermera de nuevo envuelta en su tono militar.

—Un segundo, por favor —dijo George—. Lo siento, Sara, el tráfico estaba imposible para volver del aeropuerto y me quedé sin batería en el móvil.

— ¿El aeropuerto? ¿Qué hacías tú en el aeropuerto?

Antes de que George pudiera abrir la boca para explicarse, una voz cálida y familiar sonó en el pasillo.

—Sara, hija.

—Mamá, mamá, ¿eres tú?

La mano de su madre la acarició tratando de calmarla. Sara supo entonces que todo iría bien. Aquél sí sería el día más feliz de su vida.

Posteado por: etxebarrieta | septiembre 13, 2018

La tos de mi abuela (2013)

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«Médico, quiero ser médico para curar a la abuela que se pasa el día tosiendo». No tendría más de nueve o diez años el día en que me preguntaron qué quería ser de mayor. Aquel aplomo impropio de mi edad sorprendió a los presentes. Mi padre soltó una carcajada y me dio un pescozón. «Médico, ha dicho el enano». Y su risa cargada de desprecio rebotó por cada rincón de la estancia.

Mi madre, sentada junto a la chapa de la cocina, me dirigió una mirada tierna y cálida pero a la vez con destellos de escepticismo e incredulidad. Solo la abuela esbozó una leve sonrisa de aprobación, acompañada con un guiño cómplice. Bajo su tos, le escuché murmurar: «Tiempo al tiempo, hijo».

Cierto que en aquella época yo no destacaba en el colegio, mis notas eran más bien normalitas pero suficientes para mantenerme en la media de la clase. El colegio público San Jorge nunca fue cuna de escritores, músicos o empresarios de éxito, pero era el mío y de alguna manera mi único camino hacia una vida mejor.

Por un momento pensé en reírme y acompañar a mi padre, hacerle creer que lo había dicho en broma, pero no, no bromeaba. Aunque ese día sentí por primera vez la falta de fe en el futuro que tenían mis padres, falta de fe en los sueños y, sobre todo, en mí, estaba convencido de mis palabras. Volví a mirar a mi padre y con toda la seriedad y firmeza de la que fui capaz, reafirmé: «Médico, estoy seguro, seré médico».

Sin duda, el sueño de aquel mocoso que yo era sonaba disparatado. Eran malos tiempos para todos, pero en un barrio como el mío aún lo eran más. Pese a estar en la ciudad se asemejaba más a un pequeño pueblo, un microcosmos portuario dentro de ella. Todo el mundo se conocía y los vínculos familiares y de amistad se entremezclaban por sus arterias. Todos los que las poblábamos éramos obreros, gente humilde que no tenía mucho tiempo ni espacio para dormirse en sueños e ilusiones. Los estudios allí no eran una prioridad; lo habitual una vez que se terminaba la educación obligatoria era trabajar para ayudar a la familia y la mía no era distinta.

Mi padre era un estibador del puerto y su salario no daba para muchas alegrías. El piso en el que vivíamos estaba situado junto al puerto. Desde la ventana se veía un paisaje de cargueros, grúas y camiones, pilas de contenedores en busca de un destino y montañas de mineral que ennegrecían las fachadas y tejados. Cuatro personas compartíamos apenas cincuenta metros cuadrados: una habitación para mis padres; otra para mi abuela y para mí; un diminuto baño para todos y una cocina, el lugar más cálido de la casa.

Allí la vieja chapa quemaba leña sin parar. Al calor del fuego pasaba todo el día la abuela, tratando de aliviar sus accesos de tos con un pañuelo en la garganta levemente humedecido con alcohol de romero, remedio de santo según ella. La recuerdo con una bata de color verde, unas zapatillas a juego y unos rulos en la cabeza, coronada por una redecilla. Tras su aspecto frágil y enfermizo, se escondía una mujer luchadora y de fuerte carácter que plantó cara siempre a la vida. Desde muy pequeña tuvo que ayudar a su familia en las labores del campo y a los catorce años la enviaron a la ciudad para servir en casa de una familia adinerada. Cada cana, cada arruga de su rostro era la huella de una vida dura y difícil que ella peleó con entereza y dignidad. Una pelea en la que nunca le vi perder uno de sus tesoros… la sonrisa. 

Y por todo eso y mucho más adoraba a mi abuela. Me gustaba pasar con ella el mayor tiempo posible, me sentía protegido, amado y sobre todo, comprendido. Más de una tarde, al regresar del colegio, ella preparaba la merienda; para mí un bocadillo y para ella, un tazón de leche con sopas, que así le gustaba llamarlo, aunque yo solo veía trozos de pan flotando. Luego sacaba una caja metálica donde guardaba pequeñas fotos en blanco y negro, recuerdo de su pasado. Me las iba enseñando de una en una, me contaba quién aparecía en ellas y, sin darse cuenta, sus ojos a veces se tornaban llorosos y otras, brillaban traviesos.

Nos divertía ir juntos a hacer recados, especialmente a la farmacia. Allí antes de entrar a por sus medicinas nos quedábamos un rato contemplando el escaparate. En él, un cuerpo humano de plástico, didáctico y a la vez inquietante, nos mostraba su interior. A la abuela le gustaba que le fuera enseñando las diferentes partes del cuerpo, dónde se alojaban los pulmones, el hígado, el intestino… Ella, como si fuera una alumna aplicada, las iba repitiendo una a una. Siempre acabábamos la lección entre risas y carantoñas. Tal vez en aquellas básicas nociones de anatomía comenzaba a crecer el germen de mi vocación.

 Ella sí creía en mí, siempre me animaba para que no dejara los estudios y cuando mi padre no estaba en casa, por lo bajines me decía: «No hagas caso a tu padre. Siempre ha sido un hombre gris, sin ilusiones y con pocas luces. Si tienes un sueño, hijo, lucha, pelea por él; no dejes que nunca te digan en lo que debes creer o soñar».

Yo le escuchaba siempre muy atento, respetuoso y, sobre todo, con admiración; para mí era la única luz en aquella oscuridad. Una oscuridad que de alguna manera, porque así le habían educado, representaba mi padre. Si por él hubiera sido, habría terminado de estibador en el puerto para así continuar la tradición familiar. Tampoco, mi madre era capaz de transmitirme esas esperanzas que la abuela me daba solo con mirarme. Quizá se había impregnado en exceso de la actitud pesimista o conformista de mi padre. Hacía las cosas como por inercia, no había ningún brillo ni ilusión en sus ojos; Se limitaba a transitar por la vida, no a vivirla. Tengo la sospecha de que nunca supo qué era la felicidad.

Finalmente, sin esperarlo, una tarde de invierno la tos de mi abuela calló para siempre. Mi madre la encontró caída sobre el frío suelo de la cocina cuando regresó de las compras. Aquél fue el día más triste de mi vida, un día en que lloré y crecí.

 La primera noche que dormí solo en nuestra habitación me sentí huérfano. Echaba de menos su compañía, su beso de buenas noches y hasta su tos. El faro que me guiaba cada día, cada noche, había desaparecido. Pero no me hundí. Aquella larga noche juré que, tal y como me había enseñado, iba a pelear, a esforzarme hasta ver mis sueños cumplidos. No pensaba permitir que ni mi familia ni mi barrio ni esa vida tan gris me apartaran de mi camino.

Han pasado los años, atrás quedaron el barrio, la infancia, la juventud. Aprendí algunas cosas y olvidé otras, muchas, excepto una: mi abuela y su tos.

Hoy, veintinueve de junio de mil novecientos noventa y ocho, cerraré la puerta de mi consulta por última vez. Tras cuarenta años dedicados en cuerpo y alma a la medicina, toca recoger los recuerdos de toda una vida y dar las gracias.

He descolgado de la pared mi título; antes de guardarlo en la caja con el resto de mis cosas, me he sentado a mirarlo. No ha habido un solo día en estos años de profesión en que, al levantar la vista y verlo aquí colgado, no haya pensado en ti, abuela. No llegué a tiempo para poder quitarte la tos y esa espina se me quedó clavada. En este tiempo, sin embargo, han pasado por mi consulta infinidad de abuelas a las que sí he podido curar, atender y en algunos casos incluso consolar. En todas y cada una de ellas veía a la mujer que me hizo tener esperanzas y creer en mis sueños. Así que mi último pensamiento va por ti. Sí, abuela, llegué a ser médico.

Posteado por: etxebarrieta | septiembre 13, 2018

Esencias (2012)

PENDIENTES DE LA REINA

El impertinente zumbido del despertador sobresaltó su sueño. Siete de la mañana. Al intentar apagarlo, tiró al suelo un portarretratos que adornaba su mesilla. Se trataba de una foto en blanco y negro; una mujer posaba orgullosa y sonriente junto a una niña pequeña de apenas dos años que la miraba con ojos de admiración, como solo se mira desde la inocencia.  Remoloneó cinco minutos entre las sábanas y finalmente, resignada, se puso en pie. Entró en la ducha con el firme propósito de desperezarse; el día se presentaba duro en la agencia aunque a ella eso no le asustaba. Estaba acostumbrada a ese ritmo frenético que se respiraba en los despachos.

Camino del metro repasaba mentalmente todos los asuntos de su agenda. A primera hora reunión con su equipo para preparar el lanzamiento de un nuevo suavizante; posteriormente, visita al despacho de Alberto, un jefe exigente pero al que Isabel se había ganado gracias a sus buenas campañas; a la hora de comer un sándwich en su despacho, repasar el correo electrónico y devolver alguna de las innumerables llamadas perdidas de la mañana. Por la tarde más reuniones, más llamadas y más correos. Disfrutaba tanto de su trabajo que ni podía ni quería desconectar de él. 

Ya en la estación, Isabel pasó junto a una pequeña floristería que levantaba sus persianas. De su interior se escapaba un olor dulce, fresco, envolvente; esencias de rosas, de claveles y sí, lavanda. Isabel se detuvo, se quedó allí quieta intentando fundirse con aquellas fragancias.

Por un instante creyó oír a su madre llamándola desde la cocina:

« ¡Isabel !¡Isabel¡ A desayunar»

Ella sólo quería quedarse otro ratito entre aquellas sábanas suaves y con un leve toque de lavanda. Más que las llamadas de mamá, lo que le invitaba a levantarse era el olor de las tostadas que llegaba hasta su cuarto. Desayunaban juntas en una mesita de la cocina, siempre presidida por un pequeño jarrón en el que mamá ponía unas margaritas recién cortadas. Allí, sentadas entre flores, pan tostado y leche recién ordeñada, comenzaban la rutina de los sábados.

En su casa había un pequeño patio, similar a los que adornan muchas casas del sur. Un pozo parecía unir todo el conjunto. En un lateral, una mesa de mimbre y una mecedora, allí mamá disfrutaba las tardes de verano, en ocasiones con un libro y en otras con las agujas de tejer.

Cada una de las paredes blancas, adquiría un nuevo tono, tapizadas como estaban de tiestos de diferentes colores. En una, solo azules; en otra, rojos y en la última, los verdes. Rosales, pensamientos y geranios adornaban cada uno de ellos. A ras de suelo predominaban las hortensias, la buganvilla y los pendientes de la reina. Aquel patio era el tesoro, el refugio de mamá.

Tras el desayuno comenzaba el ritual de los sábados. Mamá le daba unos guantes adornados con florecillas verdes y una regadera. Se subían a sendas escaleras de madera y comenzaban a regar aquella infinidad de tiestos. En otras ocasiones quitaban las hojas secas, cortaban pequeños esquejes o rellenaban con abono las plantas. Siempre pensaba que no podrían con todo en una mañana, pero no se sabía cómo, al mediodía todas las flores habían recibido sus cuidados y, como su madre decía, su cariño.

« ¿Ves las flores, Isabel? Pues son igual que nosotros, brotan de una semilla, crecen, viven y mueren. Es esencial cuidarlas, igual que nosotros. Nos acompañan siempre: cuando nacemos, nos traen flores; cuando morimos, nos llevan flores. Para mí cada una de ellas representa un hijo al que proteger, sin pedir nada a cambio. Me alegran la vista, la vida, el corazón. Igual te parece una tontería, hija, pero a veces, cuando estás en el colegio, me siento menos sola con ellas y en ocasiones hasta les hablo, pero no se lo cuentes a nadie, pensarán que tienes una madre un poco loca. En el futuro, procura estar siempre rodeada de ellas, hija, siempre te devolverán todo lo que les des.»

Isabel disfrutaba de aquellas horas en el patio rodeada de flores, de vida, de luz… De su madre. A ella le confiaba secretos, vivencias, los primeros amores inocentes y más tarde algunos no tan inocentes. Ella siempre le escuchaba, le daba consejos a los que normalmente no hacía mucho caso y, sobre todo, se sentía especial, querida. 

Como toda madre que se precie intentaba siempre protegerla y ponerle sobre aviso de todo lo que le esperaba en el futuro. Como toda mujer, tenía un sexto sentido. Cada vez que los ojos de su niña brillaban de una manera especial, ella, siempre de manera sutil, le preguntaba el nombre del culpable. Al principio se ruborizaba ante sus preguntas, pero pronto comprendió que nadie mejor que su propia madre para compartir sus amores, sus desamores, sus frustraciones y sueños.

Lástima que aquella comunión comenzara a perderse cuando se marchó lejos para estudiar en la universidad. A pesar del dolor que le produjo la separación, su madre la apoyó en todo momento y si no fuera por ella, hoy no estaría donde está.

—Disculpe, señorita, ¿deseaba alguna cosa?

Las palabras de la florista trajeron a Isabel de regreso a la realidad.

 —No, gracias —contestó un poco aturdida.

Isabel sacó su billete y se encaminó a coger el metro. En su cabeza aún permanecían aquellos gratos recuerdos de su madre y rodeadas de flores. Tomó asiento en el vagón. La ciudad parecía alejarse a través de los cristales, como ella se había ido alejando de muchas cosas esenciales en la vida, su madre, amistades, tantas cosas… Una leve sonrisa asomaba en su rostro, pensaba en la cara de su madre si supiera que todas las plantas que adornaban su piso… eran de plástico. Con el trabajo que tenía, apenas le quedaba tiempo para dedicarse a su cuidado.

Pensaba en llamarla ¿La llamaría? Sí, la llamaría. Aunque le tuviera más de una hora como siempre, preguntándole si había conocido algún chico interesante, si ya tenía novio o si por fin había encontrado al príncipe azul, ése que dicen que existe pero nadie ha visto. Tal vez mañana hiciera una parada en la floristería para comprar alguna flor que alegrara su frío piso y que al regarla pudiera recordar aquellos mágicos momentos que pasaba con su madre.

Posteado por: etxebarrieta | septiembre 13, 2018

Sin Remite (2011)

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Es de noche, el callejón está silencioso, solitario, solo la luna ronda entre los contenedores. Entre cartones y basuras un bulto, un cuerpo cubierto con una fina chaqueta; de un bolsillo asoma una cuartilla descolorida.

«El hambre me trajo a esta ciudad, llegué cargado de ilusión y esperanzas, pero veinte años después he de confesarte, madre, que he fracasado. No he sido un buen padre ni un buen esposo y, como hijo, qué te voy a contar.

Aún recuerdo tus lágrimas el día que nos despedimos en la estación; yo era lo único que te quedaba tras la muerte de padre y de Alberto en aquella maldita guerra, ellos escogieron el lado perdedor, y perdieron.

Te prometí aquella mañana que un día volveríamos a reunirnos y una vez más me equivoqué. Espero que algún día, madre, allí donde estés, puedas perdonármelo: te juro que lo intenté, pero me temo que no puse de mi parte todo lo necesario para conseguirlo.

No puedo culpar a nadie de arruinar mi vida. Solo yo me encargué de perder todo lo que había conseguido: una buena posición en mi trabajo y una familia que me quería. Comencé con las drogas como una diversión; creí ver en ellas un camino a la felicidad y para cuando me di cuenta, se habían convertido en un viaje al infierno.

Lola me abandonó un día, supongo que harta de tantos engaños y de tanta promesa incumplida; se llevó a los niños y con ellos mi única esperanza de sobrevivir. Me quedé aquí solo, arruinado y compadeciéndome de mí mismo.

Hace años que no sé nada de ellos; solo los veo de vez en cuando al cerrar los ojos. Sueño que las cosas son como antes, juguetean a mi alrededor y me abrazan al llegar del trabajo. Por desgracia, son solo sueños. Quizá sea mejor así, no quisiera que vieran en qué se ha convertido su padre.

Ojalá estuvieras aquí, aunque solo fuera para regañarme, igual que hacías cuando don Leandro te llamaba al colegio para contarte alguna de mis numerosas trastadas; ya en aquellos días, a pesar de tu buena voluntad, yo apenas te hacía caso y volvía una y otra vez a fallarte.

Hoy necesitaba escribirte esta carta, madre, necesitaba de tu consuelo y de tu compañía. Tengo que decirte que he fracasado, que nunca he llegado a ser el hijo que esperabas. Todo ello por mi mala cabeza y mi maldito orgullo, que nunca me ha dejado pedir ayuda cuando la he necesitado. 

Estoy perdido, desorientado, ya no me queda ni la esperanza, que dicen es lo último que se pierde, me siento solo, muy solo. Echo de menos sentirme querido; daría lo que fuera, madre, por volver a sentir un beso, un abrazo, la más mínima muestra de cariño. Hay un pensamiento que me aterra, que me persigue, y es saber que el día que deje este mundo nadie me echará de menos, nadie derramará una lágrima por mí.

Es triste vagar por las calles y sentirse invisible a los ojos de la gente, me ignoran como si yo no existiera, aunque hay ocasiones en las que es peor observar sus miradas de miedo y desprecio. Soy como un elemento extraño, incómodo, que distorsiona sus vidas rectas y ordenadas.

 Hubiera preferido escribir un remite en esta carta, pese a que lo que leyeras en ella no fuera lo que una madre espera escuchar de su hijo, pero hoy necesitaba desahogarme y expulsar toda esta tristeza y decepción que llevaba a cuestas.

La vida, en ocasiones, nos lleva por derroteros que no esperamos, o quizá seamos nosotros quienes no sabemos escoger el camino correcto. Yo tengo claro que no escogí bien el mío, solo he sembrado miseria a mi alrededor y hoy me siento derrotado.

Solo deseo decirte, madre, que no hay un instante de mi vida en el que no te eche de menos. Me arrepiento de no haber regresado a casa, de no haberme despedido de ti para ver una vez más tu sonrisa llena de ternura, para sentir tus labios en la mejilla, como los sentía cada mañana cuando iba al colegio.

Ya me despido, no tengo ni fuerzas ni palabras para continuar, pero esta noche, antes de dormir, miraré al cielo y soñaré que recibes esta carta. Un beso madre allí donde estés».

La ciudad duerme el sueño del olvido, ajena al último latido de un corazón. Un viento helado esconde el cuerpo bajo un manto de hojas secas. Es de noche, el callejón está silencioso, solitario, solo la luna ronda entre los contenedores.

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